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23rd of July 2018

Cine



Centenario de Ingmar Bergman y el porqué de seguir amando su cine

A sus ochenta años, Isak Borg es un catedrático de medicina retirado y que presiente el final de su viaje, de su vida. Nombrado Doctor Honoris Causa se traslada hacia la universidad que lo homenajea mientras repasa sus recuerdos y hace balance de lo que ha sido su existencia.

Ante la inminencia de la muerte, Borg se reconoce como alguien que siempre ha eludido las relaciones sociales, nunca se ha arriesgado a ofrecer calidez, ni a sus hijos. Interpretado por Victor Sjöström, uno de los grandes directores y actores suecos, el anciano protagonista está condenado a la soledad y a reconocer que realmente nunca ha llegado a aprender nada sobre la vida. Ocurría en Fresas salvajes (1957) rodada por Ingmar Bergman cuando tenía 39 años.

Pese a su carga pesimista y de angustia vital, el título hacía referencia a las fresas salvajes que, en los años de juventud, le recogía con dulzura a Borg su prometida y amor frustrado Sara (Bibi Andersson), y que crecían en un prado cerca de la casa de sus padres.

Fresas salvajes (1957)

El mejor recuerdo intentaba ser el más agradable, abriéndose paso ante tormentos más oscuros y opresivos. De alguna manera, así también fue el cine de Ingmar Bergman, de quien este 14 de julio se cumplen los cien años de su nacimiento, en Uppsala, una ciudad en el centro de Suecia.

Hombre de teatro, de cine y televisión. Filósofo y poeta con las imágenes y los diálogos. Fue el paradigma del artista libre, el que hace solo las obras que desea y le dicta su pasión o talento. Sus creaciones eran el fruto del diálogo interior que mantenía consigo mismo, preguntándose sobre sus dudas existenciales, la desazón que produce la fe religiosa o sobre la vida, el amor y la muerte.

Excesivamente críptico o denso para aquellos que no han sabido entrar en su cine, fascinante e hipnótico para sus admiradores. Sus películas se sustentaban en la depuración formal, solo mostrar en el encuadre lo que fuera necesario, y en los primeros planos de sus personajes, la mayoría femeninos.

En primera persona

Tal vez su película más valorada hoy en día sea Persona (1966), protagonizada por Liv Ullmann y Bibi Andersson (y ambas llegaron a ser parejas sentimentales, ninguna esposa, de Bergman). La primera encarna a una actriz que voluntariamente ha decidido dejar de hablar; y Andersson es la enfermera que la cuida.

Persona (1966)

Las dos desarrollarán una relación a modo de espejo, de una sobre la otra, de confusión de identidades en una historia que desafía todas las reglas convencionales de la narración. Una experiencia abierta a múltiples posibilidades, inescrutable y generando nuevas opciones e ideas a cada visionado. Quizá en ello resida su condición de obra maestra entre sus obras maestras, de las muchas que hizo.

En su iconografía, la imagen más poderosa, y la que más ha perdurado en el imaginario popular sigue siendo la escena de la muerte, de rostro pálido y ropajes negros, en una Europa medieval asolada por la peste jugando al ajedrez con un mortal, el caballero (Max von Sydow, uno de sus actores preferidos), desafiándole en una partida para ganar tiempo. Era El séptimo sello, curiosamente también de 1957.

El séptimo sello (1957)

El cine de Bergman invita a pensar, al recogimiento y a la reflexión. A buscar y reconocer dentro de nosotros mismos lo bueno y lo malo: atosigarnos con lo que nos preocupa o a regocijarnos con lo que nos anima. No todo es depresión y oscuridad. Un verano con Mónica (1953) era la luz y la alegría del amor, y el descubrimiento y la libertad, en la época estival.

Era sensualidad y sexo y su musa fue Harriet Andersson por la que el director acabó colado, aún cuando estaba casado con su tercera esposa, la periodista Gun Hagberg.

Un verano con Mónica (1953)

Dos años después, en 1955, dirigió una comedia igualmente compleja pese a su aspecto de ligereza. Sonrisas de una noche de verano basculaba entre la obra de Shakespeare y las geniales comedias de Lubitsch en torno a los juegos amorosos, el deseo y los placeres carnales.

Era una invitación al carpe diem, a disfrutar del momento, pero en la que no faltaba la angustia por el paso del tiempo escenificada en la imagen de un reloj con la figura de la muerte. En el festival de Cannes obtuvo un premio especial del Jurado a la comedia poética.

Vivir, sentir, reflexionar

El optimismo y la luminosidad de ambas películas, o al menos de forma tan predominante, no se repetiría en sus posteriores películas. Los comulgantes (1963) es la segunda de la denominada "trilogía del silencio" (junto con Como en un espejo y El silencio), y una etiqueta que Bergman nunca reconoció, y en ella asistimos a la neurosis de un sacerdote protestante (Gunnar Björnstrand) ante el sufrimiento que representaba que Dios no se manifieste físicamente. La imposibilidad de recibir respuestas o de poder dialogar con el ser supremo.

Los comulgantes (1963)

Sobre las relaciones de pareja Secretos de un matrimonio (1973), protagonizada por Liv Ullmann y Erland Josephson, está considerada como la mejor disección del matrimonio realizada jamás. Era una miniserie para la televisión sueca y que en cines llegó a estrenarse, ante el aplauso unánime, en una versión reducida. Una de sus últimas películas, Saraband (2003) retomaría a a su pareja protagonista 30 años después.

Eran obras en color y experimentando con sus posibilidades al igual que Fanny y Alexander (1982), también una miniserie, pero cuyo montaje para cine incluso le valió el reconocimiento de Hollywood otorgándole cuatro premios Óscar, entre ellos el de mejor película de habla no inglesa.

Fanny y Alexander (1982)

Trataba de nuevo los temas predilectos del cineasta, y era en gran parte autobiográfica. La familia y la severa educación que recibió de su padre luterano, la linterna mágica (el cine) o el teatro aunque fuera con muñecos como evasión. También la permisividad, el rechazo al puritanismo y el recurso a los elementos irreales, aquí con la presencia del fantasma del padre apareciéndose ante Alexander.

De sus formidables retratos de mujeres, imposible olvidar a las hermanas, una intelectual y fría (Ingrid Thulin), la otra carnal y voluptuosa (Gunnel Lindblom) de El silencio; las también hermanas de Gritos y susurros (1972) o la sensual Harriet Andersson de Un verano con Mónica convertida en una desequilibrada psicológica en Como en un espejo. Así como su única colaboración con la actriz y estrella sueca Ingrid Bergman, en la que fue su última actuación para la gran pantalla, en Sonata de otoño (1978).

Sonata de otoño (1978)

El horror también se manifestó en sus obras, aunque su aproximación más pura al género, al estilo de Bergman, claro, fue La hora del lobo (1968). Además,  estaba lo terrorífico y terrenal que generaba la historia de la joven (Gunnel Lindblom) muerte y violada por unos pastores de cabras en la fábula de El manantial de la doncella (1960); la psicosis de un hombre respetable capaz de asesinar una prostituta en De la vida de las marionetas (1980), y realizada originalmente para la televisión; el nacimiento del nazismo y los abusos del poder en El huevo de la serpiente (1977) o las laberínticas imágenes de Persona.

Para mitigar tantas dudas y aflicciones no es de extrañar que recurriera a la sensualidad de los cuerpos en verano o a ese dulce aroma y sabor de las fresas silvestres recogidas por unas manos queridas. En cuanto a ¿por qué hay que seguir amando su cine? Hablar de la naturaleza humana es tan inabarcable como enigmático. Donde no llega la razón está la imaginación y, en cualquier caso, el viaje así como la obra de Bergman consiste en vivir, sentir, reflexionar.

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