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20th of October 2018

Hombre



'First Man' disecciona nuestra obsesión con las odiseas del espacio

first man gosling Damien Chazelle y Ryan Gosling viajan hasta los años sesenta para retratar otro sacrificio autodestructivo, sólo que esta vez con menos jazz. Compartir artículo Lectura: 14 minutos La película transforma la carrera espacial en el via crucis de un cartesiano que, atormentado por la muerte, no para de meterse en ataúdes tecnológicos hasta alcanzar la trascendencia. Merece la pena comprobar cómo la biografía de Neil Armstrong refleja algunos de los primeros viajes lunares de la ficción, como si su pequeño paso fuese, también, la consecución de un deseo colectivo prolongado durante varios siglos.

En uno de los escasos y siempre levemente incómodos momentos intimistas de 'First Man (El primer hombre)', Neil Armstrong desempolva un viejo vinilo y anima a su mujer, Janet, a bailar con él como en los viejos tiempos. Si la secuencia parece dulce, es gracias a la interpretación de Ryan Gosling y Claire Foy, pues el resto de elementos, desde la puesta en escena de Damien Chazelle hasta la fotografía en claroscuro de Linus Sandgren, no hacen sino subrayar el subtexto en activo: Armstrong no ha elegido cualquier disco lounge de su adolescencia junto a Janet, sino 'Music Out of the Moon' (1947), catedral del theremín que mantuvo viva la llama de la exploración espacial en toda una generación de norteamericanos. En otras palabras: nuestro héroe no concibe un modo de expresar cariño a su pareja que no pase por reafirmar su obsesión autodestructiva.

Lo cual convierte 'First Man' en una película cien por cien Chazelle, director que contempla la capacidad de sus personajes para el sufrimiento y el sacrificio personal como una virtud absoluta. Su Neil Armstrong es un hombre emocionalmente anémico que, a medida que se acerca a su objetivo final, va cercenando cada vez más su capacidad para el afecto. Un cartesiano que sueña con las estrellas porque, sospecha, serán el único lugar donde pueda sanar en privado su trauma fundacional, que la película decide identificar con la pérdida de su hija Karen (Lucy Stafford). 'First Man' ni siquiera contempla la religión, la terapia o el apoyo familiar como vías para superar la absurda tragedia de enterrar a una niña a los dos años de edad. En su lugar, decide presentar a su protagonista como un científico que, obsesionado con la muerte, no para de meterse en ataúdes tecnológicos hasta alcanzar la única forma de trascendencia que puede concebir: la que se deriva de años de cálculos, ensayos, fracasos y fijación autodestructiva. La que acaba con él mirando el Vacío en el más absoluto de los silencios.

Lo más interesante es comprobar como esta revisión radicalmente individualista de la carrera espacial, en una época en la que se estila más la reivindicación del esfuerzo colectivo —'Figuras ocultas' (Theodore Melfi, 2016)—, rima con la gran historia universal de nuestra relación con la Luna. Desde los antiguos griegos hasta las películas de ciencia-ficción, la ciencia y el arte se habían pasado varios siglos imaginando aquello que el Apollo XI acabó convirtiendo en realidad. 'First Man' cierra el círculo al transformar unos hechos reales en material de leyenda, en una ficción más grande que la vida, luego juguemos a descubrir los paralelismos entre el Armstrong cinematográfico y algunos de sus más ilustres antepasados.

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Fly me to the Moon

1610. Galileo estudia los cielos a través de su nuevo telescopio y registra sus descubrimientos en el tratado 'Siderus nuncius', también conocido como 'El mensajero de las estrellas'. Hasta ese momento, la humanidad había aceptado la versión de escritores como, por ejemplo, Luciano de Samósata, cuyo 'Icaromenippus' (170 a.C.) estaba protagonizado por un tipo que decide volar hasta la Luna con un ala de buitre en el hombro derecho y otra de águila en el izquierdo. Sólo podemos, por tanto, imaginar la conmoción que provocó Galileo al afirmar que, al contrario de lo que se había aceptado desde la antigua Grecia, la Tierra y la Luna no formaban un único mundo, sino que pertenecían a atmósferas diferentes. De hecho, la primera ficción inspirada en 'Sideus nuncius' de la que tenemos constancia tarda diez años en llegar: 'News from the New World Discovered in the Moon' (1620), una obra teatral de Ben Jonson.

En 1646, Blaise Pascal demostró que existe un vacío más allá del límite superior de la atmósfera, aunque algunos seguirían creyendo en el éter, un concepto que no se refutó del todo hasta 1887. Por tanto, existía una fuerte corriente de pensamiento que insistía en que viajar hasta la Luna era una mera cuestión de tiempo, no de espacio. Un vuelo muy largo que, como tal, necesitaría de cierta asistencia. Escrita en 1609, pero no publicada hasta 1634, la novela 'Somnium', del astrólogo alemán Johannes Kepler, se configuró muy pronto como el molde para todas estas historias de fantasía cósmica. En ella, el narrador sueña que es transportado hasta la Luna por demonios, nimia coartada narrativa que el autor empleó para poder incorporar su propia investigación de la superficie lunar a una obra de ficción. El arquetipo de "soñador que se despierta en otro planeta" llega hasta Edgar Rice Burroughs y su John Carter de Marte, aunque lo suyo suena más a proyección astral.

Los demonios de Kepler no podían sino estimular la imaginación de otros autores y científicos, conscientes de que, en plena Era de la Razón, nadie los iba a quemar en la hoguera por preguntarse si la Luna podría albergar algún tipo de vida. Uno de esos pioneros fue John Wilkins, futuro cuñado de Oliver Cromwell y partidario de promover el conocimiento científico en la sociedad británica. Su 'The Discovery of a World in the Moone' se publicó el mismo año (1638) que 'The Man in the Moone', humorada de Francis Godwin sobre un pobre diablo que escapaba de Santa Elena en un ingenio volador, sólo para perderse y acabar muriendo congelado en la Luna.

Godwin inspiró a Cyrano de Bergerac a aparcar por un momento el libertinaje para escribir 'Histoire comique des États et empires de la Lune' (1657), primera entrega de una ambiciosa saga que acredita a su autor como proto-escritor de ciencia-ficción en toda regla. Cyrano, a su vez,. inspiró a autores de todo el mundo a escribir su propia saga lunar, incluyendo, probablemente, al manchego Antonio Marqués y Espejo. No sabemos con toda seguridad si 'Viaje de un filósofo español a Senépolis' (1804) es suya, pero lo que está claro es que se trata de uno de los primeros ejemplos de ficción especulativa escritos en castellano. 

La anti-gravedad no se tuvo en cuenta hasta 1827, año en que el abogado e historiador norteamericano Joseph Atterley publicó 'A Voyage to the Moon', un claro precedente de Jules Verne y su 'De la Tierra a la Luna' (1865). En la versión de Atterley, se trata de un material, el "lunarium", que permite a los terrícolas viajar hasta el espacio sin acabar hechos puré. La idea fue tan popular durante el resto del siglo XIX que H.G. Wells aún la usa en 'Los primeros hombres en la Luna' (1901), pero nadie, ni siquiera Verne, fue capaz de imaginar el papel que jugarían los cohetes en la futura ingeniería aeronáutica. Por ejemplo, los orgullosos astronautas de Baltimore que protagonizan 'De la Tierra a la Luna' se disparan a sí mismos con un cañón, aunque el autor sí hizo honor a su fama de adelantado a su tiempo en su secuela, 'Alrededor de la Luna' (1869), que concluye con la cápsula volviendo a la órbita terrestre, cayendo en el mar y siendo rescatada por un barco (exactamente igual que ocurrió con el Apollo 11 tantas décadas después). No obstante, lo que más llamó la atención a nuestros antepasados no fue la precisión científica de Verne, sino su visión de una Luna habitada por exóticos selenitas: sin ellos, qué duda cabe, no existirían algunas de las mejores películas de George Méliès.

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Rapsodia lunar

No hay mejor ejemplo de la simbiosis entre ciencia e imaginación, clave durante todo nuestro largo viaje a las estrellas, que la familia Herschel. El padre, William, era uno de los astrónomos más reputados de su tiempo, luego todo el mundo se sintió decepcionado cuando, en 1794, se vio obligado a anunciar que la Luna no tenía una atmósfera respirable, lo que marcó el principio del fin del sueño de la vida extraterrestre (o, quién sabe, la colonización a medio plazo). Cuando su hijo John se aprovechó del apellido familiar para hacer creer a los lectores del New York Sun que los cálculos de su padre eran incorrectos, el resultado fue una de las mayores sensaciones periodísticas de todos los tiempos. También fue, glups, uno de los primeros ejemplos de fake news de los que tenemos constancia: el Moon Hoax (1835) de John Herschel hizo creer a todo Estados Unidos que los selenitas estaban allí, esperándonos con los brazos abiertos, luego hubo muchos que se negaron a creerlo cuando reveló que era todo un elaborado bulo. El brillo del sueño lunar era más poderoso que los datos fríos.

A medida que la astrofísica avanzaba, las novelas de ciencia-ficción se iban haciendo más sofisticadas. 'Voyage à Vénus' (1865), de Achille Eyraud, ya cuenta con la primera mención plausible a la propulsión de cohetes, mientras que Camille Flammarion tiene en cuenta la velocidad de la luz en su novela corta 'Lumen' (1872). No obstante, no estamos seguros sobre si la solución propuesta por el autor francés (el alma puede sobrevivir al cuerpo durante el viaje interestelar, de modo que ya se encarga ella de alcanzar esa velocidad) habría convencido a Albert Einstein, quien propone un reto a todos los escritores de SF en activo desde el momento en que hace pública su teoría de la relatividad especial (1905).

Entre los que decidieron ignorar a Einstein destacan E.E. Smith y Edmond Hamilton, fabulosos juntaletras llevaban desde finales de los años veinte publicando sus relatos en el nuevo vehículo de propulsión por excelencia para nuestros sueños lunares: las revistas pulp. Sin embargo, su colega John W. Campbell, futuro editor de 'Astounding Science Fiction', sí se preocupó por dotar a sus fantasías de una base rigurosa. A cambio, historias como la muy influyente 'Islands of Space' (1931) son el mejor ejemplo de cómo esa mano escheriana de la ficción acaba dibujando a la de la realidad, y viceversa: Campbell creó en ella el concepto de hiperespacio, que acabó siendo desarrollado por astrónomos teóricos en forma de agujeros negros y de gusano. Por supuesto que Kepler tenía razón: para poder ir hasta allí, primero tenemos que soñarlo. Es absolutamente imprescindible.

En 1945, dos años antes de la publicación del disco 'Music Out of the Moon' (que Armstrong pediría que le grabasen en una cinta de cassette para poder llevarlo consigo en el Apollo 11), el escritor Arthur C. Clarke publica su famoso artículo 'The Space Station — Its Radio Applications', destinado a demostrar cómo un satélite en órbita geoestacionaria podría ser utilizado para transportar ondas de radio y televisión por todo el globo. Para cuando la Carrera Espacial comenzó de manera oficial (en 1957, con el lanzamiento del Sputnik 1), las portadas de las revistas especializadas en ciencia-ficción ya estaban más que obsesionadas con el espacio, sus aplicaciones y, sobre todo, con la Luna. Había hambre de nueva frontera, y no porque fuese fácil, sino precisamente porque era difícil. Comenzando con el Proyecto Mercury (1958-1963), la NASA se convirtió en el parangón de la ambición occidental por poner el pie (y la bandera) allí arriba antes que los soviéticos. Sus empleados eran hombres y mujeres que, como Armstrong, habían crecido leyendo revistas pulp, contemplando carteles de películas como 'La mujer en la Luna' (Fritz Lang, 1929) y escuchando lounge espacial. Esos cráteres estaban, al fin, tan cerca de nuestros dedos como Godwin y Cyrano siempre habían imaginado. Y entonces fue cuando llegaron las dudas.

And the stars look very different today

'First Man' se postula como fábula medularmente randiana cuando decide acompañar el trágico accidente del Apolo 1 con una selección de imágenes de archivo que resumen el movimiento izquierdista en contra de la Carrera Espacial: Kurt Vonnegut proponiendo en la tele (junto a Arthur C. Clarke, nada menos) un uso más socialmente responsable del dinero de los contribuyentes, manifestaciones con carteles en los que se lee "Ayuda al pueblo" y, por alguna razón, el himno de Gil Scott-Heron 'Whitey on the Moon', que no fue editado hasta 1970 (es decir, después de que el blanquito hubiese, efectivamente, ido a la Luna). El mensaje de la película es cristalino: mientras los chupatintas de Washington se sentaban a tener dudas sobre el presupuesto de la NASA y el progresismo gritaba cosas inconexas sobre mejorar las condiciones de vida en la Tierra antes de cumplir la loca promesa patriótica de JFK, Verdaderos Hombres Estadounidenses daban su vida para llevarnos de nuevo hasta las estrellas, de donde surgimos en origen y adonde debíamos volver, pues ese era nuestro destino manifiesto. De nada, malditos desagradecidos. De nada.

Como en 'Whiplash' (2014), como en 'La La Land' (2016), Chazelle se muestra convencido de que el fin justifica cualquier medio, de que el sacrificio definitivo del cuerpo (manos ensangrentadas por tocar la batería exactamente en el puto tempo de tu profesor-Amo) y el alma (relación romántica perfecta destrozada para que ambas mitades puedan alcanzar la excelencia en sus respectivos campos laborales) es absolutamente necesario, incluso vital, siempre y cuando el premio sea tan trascendental como la melodía de percusión perfecta, como el estrellato hollywoodiense, como la salvación del jazz, como la maldita Luna.

La primera vez que vemos al Armstrong de Gosling, está atrapado en uno de sus ataúdes de metal, sudando y removiéndose y a punto de morir para poder escapar de la atmósfera durante unos pocos segundos. Ignoramos qué es exactamente lo que ve allí (sólo atisbamos el reflejo en su casco de cristal), pero la conexión con el sufrimiento de su hija Karen, a la que conocemos sometiéndose a un reconocimiento médico frente a un aparato muy similar a los que su padre usa en los entrenamientos, es más que evidente. Algunas escenas después, el cuerpo de Karen será depositado bajo la tierra verde a través de otro mecanismo tecnológico poco elegante, pues 'First Man' está recorrida por ellos. Armstrong se rodea a sí mismo de tecnología defectuosa sesentera hasta encontrar una manera de dejar de fracasar con ella. De utilizarla para llegar hasta esa superficie lunar que observa a través de su telescopio cada vez que uno de sus amigos muere calcinado. La Luna y la Muerte. Sinónimos en su cabeza; elementos de una ecuación que es incapaz de resolver, pues el pobre hombre aún no se ha dado cuenta (cómo podría) de que, en realidad, se trata de un poema.

Neil únicamente llora en solitario. Neil nunca menciona a Karen en público, aunque nosotros sabemos que no deja de verla en cada esquina, en cada máquina de entrenamiento, en cada mota de polvo estelar. Es curioso cómo la imaginería espacial de Chazelle remite a '2001: Una odisea en el espacio' (Stanley Kubrick, 1968), ya que el mensaje de ambas películas no podría ser más opuesto: la trascendencia como regalo a la humanidad vs. la trascendencia como algo que un ser humano excepcional tiene que conseguir por sí mismo, dejándose la piel, a través de sangre, sudor, lágrimas y huesos rotos. Nada de plumas de aves, nada de proyecciones astrales o disparos de cañón desde Baltimore: en 'First Man', la Luna es una catarsis que se obtiene a través de ciencia y sufrimiento extremo. El mío, por supuesto, pero también el de Janet y los niños, de quienes ni siquiera fui capaz de despedirme en condiciones. Pero olvida eso. Olvida todo, pues todo merecerá la pena una vez llegue y pueda sentir, por primera vez en mi vida, que pertenezco a algo. Tras años de fracasos y funerales, de accidentes en el desierto y tiempo perdido con tres extraños en una hogar monofamiliar demasiado vacío, de movimientos sociales y guerras dentro de junglas lejanas desarrollándose siempre en off como un simple eco lejano, de vieja y triste entropía, ahora puedo decir, sin miedo a equivocarme, que Yo Estoy Aquí.

Yo Estoy Aquí, tras haber abandonado todo sentimiento en pos de la trascendencia. Hombre-cohete, puñado de vectores y coordenadas sobre un tablero digital en algún lugar entre Tranquility Base y mi pequeño bungalow en Houston, recipiente de promesas y aspiraciones colectivas, heredero de Verne y Einstein, gran salto para la humanidad. Pequeño punto blanco. Conjunto vacío. Lo que quede de mí, lo que quiera que eso sea, pertenece a partes iguales a la Historia, a la Misión Apollo, a los Estados Unidos de América, a mi Karen y al cosmos.

'First Man' se cierra con un plano que resume de forma perfecta la mirada de Damien Chazelle. Primero soñamos con ir hasta allí, luego lo conseguimos realmente. Y, al final, tuvimos que volver. A la Tierra. A casa, aunque sabemos en el fondo que nunca lo fue.

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