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20th of October 2018

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¿Es la NBA la mayor pasarela de moda del mundo?

moda jugadores baloncesto NBA Harden La liga de baloncesto americana ha desterrado la estética callejera para convertirse en el epítome del lujo más estridente. Compartir artículo Lectura: 7 minutos A mediados de la pasada década, propietarios, patrocinadores y público estaban hartos de que deportistas que cobraban millones vistiesen como los delicuentes que llenan las cárceles del país. David Stern, comisionado de la NBA, impuso un estricto código de vestimenta que erradicaba cualquier atisbo de los looks cercanos a la cultura del hip hop. Las nuevas estrellas visten Raf Simons, Saint Laurent, Gucci y Balenciaga, ocupan la primera fila de los desfiles de Milán y Nueva York y han convertido el túnel de vestuarios en su particular pasarela.

El 19 de noviembre de 2004 se desató el infierno en el Auburn Hills de Detroit. Apenas quedaba un minuto de partido y los Indiana Pacers iban ganando a los Detroit Pistons por 97 a 82. En ese momento, Ben Wallace, ala pívot de los locales, recibió una colleja del bravucón Ron Artest, alero del equipo rival, mientras ejecutaba un mate. El árbitro pitó falta. Y Wallace fue a por Artest, las manos por delante.

Lo que sucedió a continuación –sobre todo después de que un espectador lanzara un vaso de plástico que impactó en el jugador de los Pacers, tendido bajo el marcador, haciendo teatro– todavía sonroja al baloncesto estadounidense: una trifulca descomunal, de la cancha a las gradas, puñetazo va, patada viene, que se saldó con varios heridos y nueve jugadores condenados por altercado (las suyas aún son las sanciones más elevadas impuestas nunca en el deporte profesional americano). Bautizado 'Malice in The Palace', el episodio cambiaría para siempre el escenario de la NBA. Y también el que fuera su proverbial estilo.

En la liga nacional de baloncesto de EE UU siempre ha habido tanto de deporte como de moda. Un encuentro que se juega por igual en estadios y calles desde los días de Walt 'Clyde' Frazier, a principios de los años 70. Con su 1,93 de altura y sus 90 kilos, el héroe de los New York Knicks era un figurín, un dandi vestido como una estrella del soul: traje sastre, cuello cisne, capa o abrigo de piel y fedora.

En un terreno dominado por las Chuck Taylor de lona (las All Star de Converse), su preferencia por las zapatillas de ante marcó la diferencia, tanto como para extender su culto del parqué al asfalto. Puma le dedicó las Clyde, el primer modelo concebido para un jugador profesional, bautizado con su alias, y lo fichó además como reclamo publicitario, convirtiéndolo en el primer deportista al que una marca le pagaba por usar su calzado.

De repente, las sneakers se transformaron en santo y seña de la cultura juvenil; y los jugadores de baloncesto, en carne de póster. Mientras encestaban triples les llovían contratos millonarios.

En 1984, cuando Nike crea las Air Jordan I para Michael Jordan, icono de los Chicago Bulls, los ídolos de la NBA ya sólo querían chándales conjuntados, camisetas sobretalladas, pantalones baggy y cadenas de oro. Los amos de la pista, vestidos como gánsteres.

Aclamados por multitudes en un momento en que el hip hop representaba lo peor de la sociedad, la irrupción a mediados de los 90 de un Allen 'The Answer' Iverson, con sus brillos, sus sudaderas sin mangas para exhibir tatuajes y sus bandanas para el cabello trenzado (las siempre controvertidas cornrows), colmó la paciencia de los muy blancos y anglosajones dueños de los equipos. También la de los anunciantes. Y hasta la de un público incómodo ante la idea de que unos jugadores a los que se les pagaban millones tuvieran el mismo aspecto que aquellos que llenaban las cárceles.

Así fue como la cultura afroamericana pagó el pato tras el incidente de Auburn Hills. Necesitada de un lavado de imagen tanto como de un correctivo que pudiera prevenir una futura liga plagada de potenciales convictos, David Stern, comisionado de la NBA, impuso un estricto código de vestimenta que erradicaba cualquier atisbo de look a lo 50 Cent. Ni una ferretería ambulante más como Dennis Rodman. La medida se tildó de racista –no sin razón– y muchos jugadores trataron de resistirse, alegando que se les estaba prohibiendo expresarse como individuos para parecer 'presentables' a los ojos de los blancos.

Lo peor fue que, al intentar adecuar sus gustos a la nueva normativa indumentaria, lucían terribles en unos trajes de producción seriada que bailaban en sus cuerpos. Hasta que los novatos comenzaron a hacerse cargo de tan penosa situación.

Americanas entalladas, pajaritas, pantalones pitillo, cárdigans, gafas de pasta. No deja de tener gracia que el estilo de muchas de las últimas estrellas del baloncesto estadounidense replique el de aquellos que criminalizaron la estética del rap.

"El giro no sólo ha cambiado el sentido de la moda de los afroamericanos, sino que también ha puesto distancia entre los jugadores y las connotaciones de violencia, crimen e ignorancia típicamente asociadas a la NBA antes del dress code", explica John Flynn, autor de la plataforma digital Sabotage Times. "Si antes tenías a un Iverson y su impronta callejera, orgulloso de su diferencia, ahora la mayoría son como Kanye West: aunque mantengan cierta genuina identidad negra, abrazan la cultura dominante". Al final, la regulación indumentaria de Stern no resultó tan desastrosa.

"Estos tipos son millonarios, así que deben parecer millonarios cuando van a trabajar. Deben crear un estilo acorde. Lo que pasa con los jugadores de baloncesto es que son como modelos, altos y delgados. Cualquier cosa que se pongan les sienta bien. Ahora, además, hasta tienen estilistas", concedía el histórico Walt Frazier en una entrevista a la edición estadounidense de GQ. "Aunque en mi época se potenciaba la individualidad. LeBron James, Steph Curry, James Harden, Dwayne Wade… todos comparten el mismo estilo".

Raf Simons y Saint Laurent, Gucci y Balenciaga, primera fila de los desfiles de Milán y Nueva York. Los reyes de la cancha lo son también de la moda. El túnel de vestuarios, su pasarela. Más que nunca, los paseíllos antes y después de cada partido se escrutan tanto como las jugadas.

Y la ropa que llevan es parte aceptada de la conversación entre comentaristas y aficionados. La locura es tal que el All-Star Weekend, esa extravaganza del baloncesto que se celebra en febrero, a mitad de liga, en plan espectáculo hollywoodiense, incluye su propio show de trapos.

Off-White, Givenchy, Yeezy, Fear of God (la firma de Jerry Lorenzo, de culto supersónico) y, faltaría más, la entente Supreme x Louis Vuitton que aún colea, anotaron sus respectivos tantos en la edición de este año, por obra y gracia de James Harden, Russell Westbrook y Donovan Mitchell.

"Los jugadores de la NBA son superestrellas, como cualquier músico o actor. Así que, ¿por qué no habrían de vestir a la altura estilística de los demás artistas?", inquiere Calyann Barnett, asesora de Dwayne Wade, que esta temporada ha vuelto a jugar con los Miami Heat tras pasar por los Chicago Bulls y los Cleveland Cavaliers.

Kesha McLeod, por su parte, ha trasladado su magia de Serena Williams a Chris Bosh. Y Brandon Williams ha obrado maravillas con Marc Gasol, toda vez que Mike Conley, compañero en los Memphis Grizzlies, se lo cediera como estilista. Está visto que las verdaderas víctimas de aquella ensalada de tortazos en el Auburn Hills fueron las de la moda.

James Harden

El torpedo de los Houston Rockets (Los Ángeles, 1989) ha sido sin duda el jugador más estiloso de la temporada. Sus apariciones camino a los vestuarios en los recientes playoffs de la Conferencia Oeste de la NBA causaron casi más sensación que su presencia en la pista merced al trabajo de Kesha McLeod, la estilista que, desde hace un año, compone su imagen. Givenchy, Saint Laurent y Valentino son su Santísima Trinidad, sin miedo al color. Lo mejor: que es muy consciente de que quien no arriesga, no gana.

LeBron James

Tan versátil en la cancha como fuera de ella, el rey de los Cleveland Cavaliers (Akron, Ohio, 1984) consiguió su primer contrato publicitario con Nike sin haber llegado aún a la NBA. Su mentor, el rapero Jay-Z (maridísimo de Beyoncé), lo inició en los caminos del lujo y hoy va por ahí fardando lo mismo de exclusividad sartorial vía Tom Ford que de sneakers Off-White customizadas personalmente para él por Virgil Abloh o de reloj de diseño propio con Audemars Piguet (de quien es embajador desde 2011). Estilistas expertos en celebridades como Rachel Johnson y Marcus Paul le ayudan a no perder swag. Y que haya sido el primer hombre negro en aparecer en la portada de Vogue lo dice todo.

Kevin Durant

Alero de los Golden State Warriors, Durant (Washington DC, 1988) lleva a gala ser el genuino apóstol del nerd chic en la liga de baloncesto estadounidense: polos, pajaritas, gafas de pasta XL y, sobre todo, mochilas, un accesorio que él ha convertido en tendencia entre los aficionados (y que ha dado lugar a la pertinente colección KD de Nike). "No se trata de la ropa que llevo, sino de lo que soy como individuo y la confianza que tengo en mí", dice de su estilo. Nchimunya Wulf es su asesora de cabecera.

Tema publicado originalmente en el número de julio-agosto de GQ España. Suscríbete aquí.

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